Cómo convertí mis demonios en sueños

Por María José Iturralde, fundadora y directora de Humanos por la Abundancia


Siempre se habla de que las crisis destapan los problemas y sueltan los demonios que uno tiene bien escondidos en un rincón de la mente. Relegamos a esos demonios ahí por una razón: nos presentan una realidad que no queremos ver porque es demasiado dolorosa y no importa qué tan esencial sea que nos deshagamos de ellos, preferimos ocultarlos y olvidarnos de su existencia.


Así estaba mi vida hace un poco más de tres años. Tenía un trabajo, una familia, amigos, entretenimiento, aventuras. Todo normal. Tenía todos los demonios felizmente guardados en un cajón.


Yo era una educadora importante y enseñaba a mis estudiantes cosas importantes. Me sentía bien llevando una vida cómoda, sin excesos, pero privilegiada. Tenía todo lo que necesitaba y llevaba un estilo de vida en armonía con la naturaleza. Viajaba poco en auto, reciclaba, tenía mi propia huerta y enseñaba a mis hijos a amar y cuidar la vida.


Sin embargo, de la manera menos esperada, mis demonios salieron súbitamente a la superficie. En un viaje con mis estudiantes, visité el norte de la Amazonía ecuatoriana, en donde están las instalaciones de muchas compañías petroleras nacionales y extranjeras, que han estado extrayendo el crudo del suelo desde hace más de 50 años.


Nuestro guía, Donald Moncayo, el vocero y representante de las personas afectadas por la extracción petrolera, nos llevó a ver la evidencia: cientos de mecheros que sueltan metano y gas natural a la atmósfera 24/7, lo que causa gran parte del calentamiento global. Vimos piscinas abiertas de petróleo crudo, que se desbordan hacia los ríos cuando llueve; vimos piscinas llenas de líquido negro, tapadas con tierra y vendidas a campesinos como si fuera tierra fértil y productiva; y, vimos miles de personas que tienen todos los tipos de cáncer producidos por las aguas contaminadas de los ríos, por el aire lleno de gases contaminantes, y por los alimentos llenos de metales pesados que salen de sus suelos.


Donald y yo frente a uno de los 447 mecheros que existen en la Amazonía ecuatoriana


En una de las últimas paradas de esa visita, Donald sacó un guante negro, lleno de petróleo, después de meter la mano en un río que pasa frente a una comunidad indígena donde los niños se bañan y las mujeres sacan el agua para cocinar, como lo han hecho sus ancestros desde siempre.


Donald y algunos estudiantes meten sus manos en las piscinas, ríos y suelos contaminados


Mientras veía esta realidad tan difícil de digerir, y ya con el corazón destrozado, Donald dio la estocada final: mencionó el nombre de mi abuelo, que fue presidente del Ecuador cuando yo era adolescente.


Al parecer, durante su gobierno se liberó de responsabilidad a una de las empresas que más daño había causado a la naturaleza y a las comunidades de la zona con sus métodos irresponsables de extracción.


Con esta resolución, el gobierno de mi abuelo dio fin a una larga batalla iniciada por más de 30,000 personas afectadas y permitió que la empresa deje sus piscinas y mecheros abiertos, lo cual ha afectado la vida de millones de animales y personas durante décadas.


Pero no solo se han visto afectadas las vidas de las personas de la zona, también mi vida y la vida de todos los seres vivos en el planeta. El agua de los ríos de la Amazonía se va al océano. El metano soltado a la atmósfera aumenta el efecto invernadero. La tierra contaminada produce alimentos que se consumen en los mercados de las ciudades.


Todo está conectado


El petróleo se extrae porque es la principal fuente de ingresos para el Ecuador, gracias a que todos los humanos lo utilizamos a diario, a manera de gasolina, aceites, lubricantes, detergentes, pinturas, envases plásticos, telas sintéticas, medicina, cosméticos, perfumes, tintes, madera, agua y todo, o casi todo, lo que consumimos.



Todos somos responsables de este desastre. Quizá mi familia de forma directa, pero los demás, de forma indirecta. Es una fantasía pensar que existe un lado donde están los “malos”, que destruyen la naturaleza, y otro donde estamos los “buenos”, que la cuidamos.


Todos consumimos estos recursos y, por lo tanto, todos compartimos los demonios de esta crisis. Buscarlos, reconocerlos y confrontarlos es el trabajo más difícil que tenemos como personas, y es el más urgente como humanidad.


Donald cambió mi vida con este ToxiTour. Me ayudó a entender que mi vida, bajo ninguna excusa, podía continuar como antes. Creó una crisis que sacó los demonios de la contaminación y del extractivismo del cajón, y me dio una oportunidad para sanar y soñar en un futuro diferente.


Humanos por la Abundancia es mi manera de enfrentar estos demonios y convertirlos en acciones positivas y concretas que van de acuerdo con mi sueño de vivir en un planeta en donde la biodiversidad de todos los ecosistemas es nuestra prioridad.


Es mi manera de sanar las consecuencias de las malas decisiones de muchas generaciones, de mis ancestros, de mi propia vida; es mi manera de brindar oportunidades para que otros, todos, puedan también convertir sus demonios en acciones regenerativas.

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